viernes, 3 de marzo de 2017

El rostro de Dios. Mª José Varea, voluntaria Cáritas Diocesana Valencia. (desdelaazotea.org)

Una vez más ha sido una homilía la que le ha hecho unificar ideas, la que ha puesto título a una realidad muy bien conocida, por desgracia, en nuestras Cáritas parroquiales. De manera que hay que contarla, resaltarla, hacerla visible, porque está oculta, dolorosamente silenciada por las personas que la sufren. Con vergüenza.
Una compañera decía que ella hacía “la otra acogida”, “la acogida de la vergüenza”. Sorpresa e interrogación: ¿la acogida de la vergüenza?
Pero vamos a empezar por la homilía.
Decía Jesús, al hilo del Evangelio, que el rostro de Dios podemos verlo en esas madres, y también padres, claro, que hacen cola, a veces después de un largo viaje, a las puertas de la cárcel para abrazar, para saber cómo están unos hijos que las han maltratado, que les han quitado joyas o dinero, pero que son sus hijos y su amor alumbra para ellos sin desfallecer, porque “¿puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?”.
La acogida de la vergüenza. La vergüenza: es un sentimiento insuperable de no querer que la gente sepa la situación en la que se encuentra alguien.
Esta directora de una Cáritas Parroquial, curtida en el dolor ajeno, decía, con un sentimiento que parecía de derrota moral, que era lo más delicado que tenía que hacer. “La acogida de la vergüenza”. Así la denominaba ella, con pesar y con inmensa piedad.
Son madres, y también padres, claro, que por ayudar a sus hijos han perdido los ahorros que pudieran tener e incluso la vivienda. Y lo peor: les hacen perder la dignidad a golpe de gritos y de exigencias.
Son madres, y también padres, claro, que acuden a alguno de los miembros de Cáritas a quien conocen, o por medio de algún familiar, a escondidas, con el ruego de que esa visita quede en secreto.
Un desahogo profundo, un rosario de confidencias dolorosas donde sale a flote la actitud egoísta e inhumana de aquellos a quienes más quieren. Y, si no en nombre de ellos, pero sí para ellos, una mano tendida para pedir. Para pedir alimentos o el pago de algún recibo. Lo que puedan.
Dice nuestra compañera que ver a esas madres, porque suelen ser ellas las que se atreven a dar el paso, que hace unos años tenían una buena situación económica, unos hijos con sus propias familias y una vida plácida, y con las que ahora se saluda por la calle como siempre, con un buen gesto y una sonrisa, verlas, decía, llorar calladamente, impotentes, destrozadas por unos hijos que se han vuelto a instalar en casa, considerándose dueños de vidas y de dineros. Unos hijos e hijas cuyo fracaso lo pagan con los más débiles, con esos padres mayores que son los que tienen que pedir ayuda como pueden para atenderlos ellos y a los nietos.
Historias terribles que recuerdan a Jesús, el de Nazaret, que de aquellos a los que dio de comer, arropó, sanó y perdonó solo recibió un grito unánime: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!
Qué entereza, qué delicadeza tienen que atesorar las personas voluntarias que tienen que procurar consuelo y aliento, que tienen que escuchar sin límites, sin prisa, un día y otro día. Qué voluntariado más valioso el que sana las heridas del alma.
Qué voluntariado tan humano el de aquellos que besan el rostro de Dios.

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